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Un Safari a la Carta E-mail

Elefante abatido por Andres Perez Sierra el 23 de octubre en Zimbabwe

 

La primera vez que se viaja a Africa para cazar, supone caer en una trampa de la que difícilmente se puede uno liberar. No conozco a ningún cazador que habiendo ido una vez a un safari africano, no vuelva a repetir. Una vez al año, no hace daño, me dije yo en cierta ocasión mientras preparaba el segundo safari y… así hasta ahora.

 

Han sido muchas las orgánicas con las que me he puesto en contacto para cazar en Africa y en Europa y una de las cosas que me ha quedado clara es que hay que cazar acompañado por el que te induce a hacerlo.  Las orgánicas que se dedican en España a vender caza, han proliferado últimamente de manera semejante a las setas en otoño, y como es natural, tal proliferación conlleva no pocos inconvenientes y el más importante de todos es el no poder atender convenientemente a los clientes. Resulta relativamente fácil contactar con los países correspondientes y con sus profesionales, ya que para ello solo se necesita un teléfono, un fax y el manejo del inglés. A veces se contrata caza en el extranjero sin conocimiento del sitio, de las especies, de su abundancia y de las condiciones y se manda al cazador a la aventura sin saber si el cazador quiere aventura o simplemente quiere cazar. En mi opinión y visto lo que yo he visto y he experimentado, la mayor parte de estas cacerías resultan incompletas, insatisfactorias y en no pocos casos un autentico fracaso.

Por todo eso y por esta vez, me decidí a montarme un safari a la carta, o mejor dicho un safari a mi carta, a mi gusto y no al gusto de orgánicas y profesionales. Un safari en el que yo pusiera las condiciones y los animales a cazar, sin paquetes. Había estado en las dos ferias que se celebran anualmente en Madrid a principios de primavera y había acabado desilusionado y decidido a no ir a ningún sitio este año, aunque analizando la situación actual de la caza y de la economía, pensé esperarme a que pasara el verano y los compromisos familiares para organizar tranquilamente una cacería sin prisas y si pasaban los meses sin concretar, pues... tal día haría un año.

 

A principios de Septiembre y con el regusto algo amargo de no tener nada concreto que llevarme a la mira del rifle, contacté con Chema Pérez Castells por un asunto muy distinto a la caza, como es la encuadernación con la que él quiere vincularse personalmente dada su enorme afición por los libros. Varias visitas a su oficina para hablar de libros y para ver y tocar su enorme librería cinegética, me dieron pie a ver de cerca su orgánica de caza y a vislumbrar la posibilidad de hacer un safari a la carta. Yo ya había cazado con él en España, desde los tiempos heroicos de las monterías de la Sierra del Viso.

 

Acostumbrado a plegarme a los encorsetados programas y paquetes que te ofrecen comúnmente para cazar en el extranjero, le insté a que me preparara un safari a mi gusto y en el que sería condición “sine qua non” que él viniera conmigo. Desde el primer momento a nada de lo que yo pedía me ponía inconveniente y eso en principio me hizo dudar; era demasiado bonito oír a todo que si, acostumbrado como estaba a que todo había sido: eso no, lo otro tampoco y la mayor parte de las cosas imposibles dada la época, el país o las licencias. Poco a poco vi las grandes posibilidades que me ofrecía y fuimos dejando de hablar de encuadernación y concretando la futura caza, basándonos siempre en unas posibilidades que él ofertaba en Zimbabwe de elefante sin trofeo.

 

Detalle colmillo izquierdo

En estos momentos y por varias causas, la caza que para mi resulta más satisfactoria es el elefante. Por su dificultad, por el riesgo y por la emoción que supone tener un elefante en el punto de mira del rifle a menos de veinte metros de la boca del cañón. El miedo controlado por la confianza en tu arma es, salvando las distancias, comparable al que puede sentir un torero delante de un toro confiado en el engaño y en su experiencia. La caza del elefante con la del búfalo, es, sin lugar a duda, la más emocionante y verdadera por el riesgo que conlleva. Concretamos el elefante como motivo principal del safari, sin descartar otras posibilidades, dada la abundancia de especies que, al parecer había en la zona de Hwange. Mi insistencia en el detalle de que la condición de acompañamiento responsable era imprescindible, resultó una constante algo pesada que dejé a un lado cuando obtuve la seguridad de que se cumpliría. Seríamos dos, ya que previamente  había quedado con mi amigo José Maria en que me acompañaría encantado, como ya lo había hecho el año anterior a un safari en Mozambique, del que no quedamos ni medio contentos, aunque nos sirvió para hacer un catálogo de inconvenientes que no deberían de repetirse y se lo entregamos a Chema para que lo tuviera en cuenta. Inconvenientes relativos al abandono en la zona de caza, traslados interminables,  parque móvil escaso e incomodo, campamento cutre, profesional incompetente, pisteros inexpertos y sobre todo falta de responsabilidad por parte de la orgánica, que en definitiva se llamó a andanas ante las reivindicaciones. Caza a golpe de fax para no repetir.

 

Elegimos la fecha de la segunda quincena de Octubre que, si bien no daba mucho margen para la organización, los buenos modos de Circulo de Cazadores, solventaron a velocidad increíble y en pocos días tuvimos por escrito el programa completo, los precios y las reservas de los vuelos confirmadas. El programa confeccionado se suplementaba con tres días en Sudáfrica previos al safari principal de Zimbabwe.

 

De un tiempo a esta parte y dado que los años van disminuyendo mi afán de aventura, también propuse que los viajes fueran cómodos y que los trasiegos de armas y bagajes estuvieran solventados con el menor número de problemas. De esta manera no tuvimos el más mínimo inconveniente en ninguno de los aeropuertos por los que tuvimos que pasar, sino solamente los propios de gobiernos y costumbres difíciles de evitar. A las dificultades propias de los países por los que se pasa, hay que añadir lo mal vistos que estamos los cazadores, en los tiempos que corren, por ciertas personas convencidas de que de ellos depende la salvación de las especies animales y al parecer la suya propia y en esto último están en lo cierto.

 

El traslado al campamento de Lephalale (antes Ellisras) era la quinta vez que lo hacía y no me sorprendió lo pesadas que se hacen las cuatro horas largas que dura, aunque de ellas duermas más de la mitad, sin embargo si nos sorprendió el recibimiento, el campamento y la persona que lo regenta: El recibimiento “étnico-festivo” lleno de colores, sones y  caras sonrientes; el campamento mas parecido a un alojamiento de múltiples estrellas que a un campamento de caza de los que estamos habituados a soportar, pero sin perder el sabor africano y con una clara introducción a la caza, lleno de detalles de buen gusto y con una decoración cuidadísima que, al cabo de unos minutos, se comprende al conocer a la persona que lo regenta y lo mantiene en un punto exquisito: Tania resultó ser lo más exquisito del campamento, por su trato, por su sonrisa y sobre todo por su belleza que todo lo ilumina y por eso la luz  de las estancias es algo escasa y difusa, porque ella la suplía con creces. Un principio de safari que ni José María ni yo nos esperábamos y que nos abrió las puertas de la esperanza para poder resarcirnos de nuestra desilusionante experiencia del pasado año en Mozambique.

 

Un Güisqui de bienvenida nos acompañó a la galería de tiro para comprobar que nuestros rifles tenían que estar acordes con tanto lujo y detalle, como así fue. Mi Blazer 416 R. M. suave y contundente, de gran versatilidad y cómodo de trasportar, con el que se viaja seguro de que no hay límite de especies si se usa la balística conveniente en cada caso. Por mi parte llevaba 450 grains tanto en soft point como en sólida. Un disparo fue suficiente para comprobar su exactitud, así como el de José María, un finísimo Malincher de calibre 7.08 muy apropiado para toda clase de antílopes de mediano y pequeño tamaño y que a veces sorprende por su eficacia en alguno no tan pequeño. También se comprobaron los rifles de las “asistencias”: el 375 H&H Mágnum de Chema y el del profesional, lo cual infunde confianza en el cazador, aunque de momento la caza peligrosa estaba lejana.

 

kudus de mas de 60 pulgadas

La estancia en “Unico”, el campamento de Sudáfrica, fue del todo satisfactoria y el único inconveniente fue tenerse que marchar. Debe ser por eso lo de su nombre. En los tres días de estancia tuvimos ocasión de abatir cuatro facocheros en el agua, la primera jornada, un Duiker y un gran facochero “al salto” en la segunda y el tercer día, tanteando una preciosa finca donde nadie había cazado en diez años por motivos de herencias y se notaba tal cosa por lo intrincado de su vegetación y lo poco avisada que estaba la caza, pudimos cobrar un Impala y un monumental Kudu de 60 pulgadas. Entre tanto y para tapar huecos y ratos perdidos, “camineamos” los alrededores del campamento de Unico en pos de Impalas, Nyalas, Sables, etc, etc e incluso con la sorprendente visión de los Rinos que entre machos, hembras y crías, pastaban tranquilamente los suaves pastos primaverales. Tres tardes, entre dos luces, anduvimos tras un Nyala que tenía revolucionada a la manada y que se hacía necesario abatir, pero no se dejó ver, dispuesto a seguir molestando a los suyos y poniéndoles en peligro. Una lástima por que según los pisteros era bastante bueno y con su abate hubiéramos matado dos pájaros de un tiro cobrando un buen ejemplar y librando a la pacifica prole de un elemento incordiante. La despedida hubiera resultado triste si no hubiera sido por que, con el traslado, nos esperaban jornadas de la “otra” caza que estábamos ansiosos de entrar a ella. Una avioneta bimotor que casi se podría llamar avión con diez plazas de cómodo cuero y tripulada por piloto y copiloto debidamente uniformados, nos esperaba en la pista de aterrizaje del campamento de Unico, a pocos metros de la puerta donde se repitió el número festivo de despedida. ¡¡Lástima que en Unico no hubiera habido elefantes¡¡

 

Habíamos compartido mesa y fuego nocturno con Johan, un hombre prudente y educado que resultó ser un profesional de la fotografía y se dedicaba a la filmación de safaris. Pocas explicaciones hicieron falta para convencerme de la oportunidad de tener un profesional del video que hiciera posible perpetuar un safari con calidad inmejorable sin necesidad de filmar con nuestras pequeñas cámaras escenas a toro pasado sin los lances en vivo. Decidimos que nos acompañara y no nos arrepentimos en ningún momento.

 

Una pequeña escala en un aeropuerto junto a la frontera llamado Polokwane con trámites obligados y rumbo a Zimbabwe. La llegada al aeropuerto de Victoria Falls coincidió con un vuelo repleto de japoneses que nos hizo algo pesados los tramites aduaneros y que se resolvieron sin “prisas”, palabra esta que hay que olvidar cuando se vieja al continente africano sin excepción de países. Una policía simpática, que en espera de propinas nos resolvió los trámites de armas sin dificultad, e inmediatamente de camino al campamento. Al parecer la zona donde estaba previsto el safari de elefante, no era en ese momento la mejor de las posibles y se había cambiado por otra dentro del Parque National de Matetsi, con lo que el traslado en coche fue mas corto pues estábamos a una hora escasa de nuestro destino final.

 

Viajábamos con la idea de una zona muy dura con un campamento de medianas comodidades y sobre todo después de haber estado en Unico, y si que había diferencias porque lo de Unico hace honor a su nombre, pero la primera sorpresa fue el encontrarnos con un campamento muy cómodo, muy completo y regentado por personas muy competentes. La cosa pintaba bien y de momento todo salía a pedir de boca, de modo que el primer día de caza, que aún no había amanecido, iniciamos la andadura con el clásico Toyota lleno de gente practica, compañía elegida, neveritas repletas e ilusión por toneladas y siempre con el seguro del cazador en papel impreso y el seguro de la caza en la persona de Chema, que garantizaba el éxito exigido de antemano. Pero... siempre hay un pero y en la caza los “peros” son imprevisibles, pues se trata de abatir animales a los que no se les ha avisado de nuestras intenciones o mejor dicho que parece que se les ha avisado y no quieren comparecer. Y así fue como si la población entera de Loxodota Africana se hubiera puesto de acuerdo en no aparecer por allí, o quizás de esconderse de manera que un animal tan voluminoso no diera señales de su presencia. Total que en todo el día no vimos ni pata de elefante. Caza en abundancia, abundancia de especies, Búfalos, Sables, Cebras, Impalas, Elans, Jirafas, Watherbuks huellas de León, pero ni una fresca de elefante. Paisajes de una belleza inesperada, ríos llenos de nenúfares y papiros con aguas clarísimas que aún corrían, ausencia de mosquitos y de impertinentes moscas, total un paraíso pero ni un solo elefante. De vuelta al campamento, la cena trascurrió con comentarios incómodos por mi parte y esperanzadores por parte de los responsables, tanto orgánica como profesional y una ducha que no tenía agua caliente, aunque mas tarde resolvimos que el agua caliente se me había negado por culpa de mi impaciencia y estado de animo. Acudí a la cena con dos duchas de agua fría en el cuerpo: la del cuarto de baño y la de no haber visto nada en la primera jornada. Gracias al buen vino sudafricano y a otras viandas que nos fueron proporcionadas por el sonriente cocinero, la cosa quedó en tablas y la sangre no llegó al río, que por cierto estaba bastante alejado del campamento y hubiéramos necesitado mucha.

 

La noche fue plácida y templada y no oí plegarias, ni novenas, como tampoco vi que se encendieran velas ni lamparillas al dios de los elefantes, pero si vi bastante actividad por parte de los responsables y movimiento de teléfonos, de manera que mis “plegarias” si habían dado su fruto y se me prometió que si al día siguiente los elefantes no daban señales de vida, iríamos a buscarlos a otras zonas próximas en las que se les había visto. A eso se le llama eficacia y responsabilidad de la organización, condiciones a las que estamos poco acostumbrados.

 

El segundo día, con el sol asomando y nada mas empezar el “camineo” dimos con una huella fresca de elefante. Numerosas pistas y una defecación reciente nos hicieron dar un frenazo y  bajamos todos a verlas con el corazón acelerado. Tales eran las ganas que yo tenía de ver una pista fresca que me atreví a tocarla y a comprobar por mi mismo el calorcillo que desprendía. Con pocas explicaciones nos pusimos en marcha por un terreno nada difícil de andar, por el que el cámara galopaba como un galgo, tratando de filmar desde todos los ángulos posibles a la comitiva que, entre pisteros (Crispi y Katali), soldadito (Robert ó Kalasnikovman como le llamaba yo), profesional (Darren Ellerman), compañía (José Maria y Chema) y cámara (Johan) sumábamos ocho personas con ocho pares de botas tratando de pisar en blando para no alertar a los elefantes que, sin tardar mucho, hicieron su aparición presentándonos cuatro hermosos traseros entre el Mopani. La distancia a la que estábamos de ellos no era mayor de veinte metros y todos los rifles bajaron del hombro y liberaron el seguro. Unos segundos de observación en los que se oían latidos de corazón y no precisamente de los elefantes, mezclados con el crepitar de las ramas que les servían de desayuno. ¡Eran hembras¡ Las miradas se cruzaron interrogantes y a una señal del profesional la caravana se puso en retirada haciendo el menor ruido posible para que las elefantas no alteraran su tranquilo desayuno. Después de una entrada así y siendo la primera del safari, se repite un comentario: ¡¡Acojona¡¡ Habíamos empezado a cazar elefantes. El sol empezaba a apretar y el agua y las cervezas hicieron su aparición. El profesional estaba en ese momento más esperanzado que nosotros y puso el Toyota en marcha. Algo mas deprisa que de ordinario, nos dirigimos a un otero para divisar gran parte de llanura y poder ver la situación de los elefantes, si es que los había. Y los había. A simple vista y sin necesidad de prismáticos, pudimos ver mas de cien elefantes distribuidos en pequeños grupos de veinte o treinta los más numerosos y otros mas pequeños. ¿De donde habían salido tantos elefantes? Si yo no había visto velas ni rogativas aquella noche, como ya queda dicho, ¿quién había avisado a aquella multitud para que poblara la, ayer mismo, solitaria sabana? Los milagros del reino animal. Mientras iniciábamos la marcha para entrarlos, consideré necesario disculparme por mis dudas de la noche anterior ante los responsables, que admitieron las disculpas de buen grado.

 

Bajando del otero y dando un rodeo a no poca velocidad, nos presentamos en el lecho rocoso de un  río, encontrándonos una manada de numerosas elefantas que se movían lentamente y que gracias a la pericia de los pisteros y a la brisa reinante, no advirtieron nuestra presencia. Se trataba de hacer entradas discretas para observar y no alarmar al grueso de la manada. Eran grupos independientes que habían decidido juntarse en aquella zona o que iban de paso hacia otros pastos. Hicimos un total de tres entradas y en una de ellas dimos con un grupo de unos quince machos entre los cuales había un par de trofeos de consideración. Pero nosotros íbamos a por elefantes sin trofeo, modalidad esta que el gobierno de Zimbabwe admite en pro de la eliminación de cierto número de ellos, aprovechando la caza para proporcionársela a los cazadores y no haciendo sacas indiscriminadas por parte del ejército, con un mínimo de aprovechamiento.

 

Estuvimos mas de una hora observando los grupos, pudiéndolos filmar a noventa y ochenta metros de distancia con el cauce del río por medio para mantener distancias prudenciales y en espera de que se retiraran tranquilamente para iniciar otras entradas desde diferentes puntos y seguir buscando la pieza determinada.

 

Más adelante y ya próxima la hora de volver al campamento para almorzar, dimos con una manada de mas de ochenta entre hembras y crías, que en procesión pacífica fueron buscando la sombra fresca de una arboleda muy próxima al agua y allí se quedaron a la espera de que el ardiente sol aflojara su ímpetu de medio día. Por la tarde y después de almuerzo y siesta, volvimos a la carga sin verlos, pero disfrutando de valles que ya acusaban la incipiente primavera y surgían sorprendentes de entre la árida sabana. Aquella tarde si disfrutamos del güisqui en el atardecer de la terraza, con las estatuas de chapa que la flanqueaban, más sonrientes porque los ánimos y la ducha se habían caldeado, con paciencia y dejando correr el agua.

 

A la vista de tanto elefante y las noticias que nos llegaban de la última reunión celebrada en Bulawayo, en la que habían subido el precio del elefante sin trofeo por el articulo 25 y de forma retroactiva, negociamos un cambio en la estrategia y admití cazar uno con trofeo y ver si después podía cobrar el sin trofeo que tenía previsto. Resultaba más fácil ver elefantes con trofeo que sin él, de modo que el cambio simplificaría la caza.

 

El tercer día fuimos directamente a por ellos donde sabíamos habían dormido y efectivamente no se habían movido demasiado porque allí tenían agua, barro, sombra y comida en abundancia. Dejamos el coche e iniciamos lo que iba a ser una agotadora jornada por lo abrupto del terreno y el calor reinante ya a esas horas de la mañana. Un calor asfixiante sin sol y andando entre arroyos pedregosos y suaves ondulaciones que no eran tan suaves cuando había que remontarlas. La primera manada no nos aguantó demasiado y viendo la dirección que tomaban decidimos seguirla, lo que nos dejó sin resuello y sin resultado, pues los elefantes puestos a andar, parece que van despacio y sin esfuerzo te van ganando terreno haciendo inútil su seguimiento. Desistimos y volviendo al coche, dimos de frente y en una vaguada con otra manada que se sintió incómoda con nuestra presencia y huyó con gran estrépito. Todos o todas menos una que, despistada o curiosa, quedó rezagada y al verse sola arremetió contra los intrusos, que éramos nosotros, haciéndonos la clásica carga intimidatoria que respondimos con una retirada prudente o mejor dicho con el acojono clásico del que ve venir una masa gris con las orejas desplegadas, envuelta en una nube de polvo que emana de su propio cuerpo. Todos nos retiramos menos uno, el “cámara” que emulando a la elefanta impertinente, se plantó firme ante ella y la aguantó, con una actitud mezcla de valentía e inconsciencia que fue educadamente recriminada por el profesional, viéndose obligado a mantenerse cerca por si hubiera sido necesaria una intervención armada. Una vez mas nuestro magnífico profesional nos demostraba que su titulo lo había obtenido con sobresaliente “cum laude” La impertinente elefanta, no contenta con la carga frontal, nos fue siguiendo en paralelo, barritando estrepitosamente de vez en cuando, hecho que nunca sabremos si lo hacía para acojonarnos más de lo que ya estábamos o para localizar a la manada de la cual se había despistado. Mirar lateralmente para mantenerla a la vista, cuidar de sus intenciones y andar al mismo tiempo a paso ligero entre aquel pedregal, me hizo mas mella de la que yo tenía prevista para aquella jornada. Paramos, bebimos y respiramos aliviados para recuperar fuerzas que, al menos a mí, me hacían falta. Mientras, el profesional cuidaba de mi preguntándome a cada paso si iba bien y si podía seguir con su ritmo, Chema y José Maria me invitaban a llevarme el rifle para aliviarme el esfuerzo, cosa que yo rechazaba sistemáticamente por aquello que yo siempre he predicado: Cuando ya no puedas portar tu propia arma, deja de cazar . En aquellos momentos empecé a plantearme abdicar de mi propia teoría que empezó a resultarme estúpida. Y es que casi siempre las prédicas acaban resultando vacías y sin lógica. En principio son bonitas y reconfortan mientras las puedes practicar, pero a la postre....

 

Volvíamos de nuevo en la dirección del coche con ánimo de cambiar de zona, cuando de repente se nos presentaron dos elefantes de frente sin que ellos ni nosotros hubiéramos tenido señales del encuentro. Uno de ellos era suficientemente tirable y se decidió darle caza. Aguardamos unos instantes para comprobar su viaje y siguiendo las indicaciones del profesional, intentamos cortarles el paso en el fondo del arroyo. Los nervios y la vegetación me impidieron disparar y seguimos andando o más bien corriendo para esperarlos más arriba, ganándoles terreno para poder tenerlos a tiro. El aire lo llevábamos a favor y en ese momento decidí dar el rifle en préstamo temporal a mi amigo José María que se lo colgó de buen grado viéndome sufrir y sudar a cántaros. Alcanzamos una loma suave por donde tendrían que pasar los elefantes en su caminar sin rumbo o mejor dicho con rumbo desconocido para nosotros, pero por suerte en línea recta. Llegué al fin al lugar donde la comitiva se había detenido y me dio tiempo a prepararme y asegurar el tiro. Aparecieron los dos sin cambiar el viaje y vimos claramente que el otro era pequeño, de modo que no había duda. El disparo en el codillo sonó como música acompañada por un terrible barrito y el elefante herido volvió su viaje en la dirección que había traído, mientras el otro desaparecía como si se lo hubiese tragado la tierra. Me dio tiempo a doblarle y el elefante cayó a pocos metros de la comitiva. Cayó de lado de forma que pudimos ver claramente el certero primer tiro que hubiera dado con el en el arroyo donde le intenté tirar la primera vez, pero registrado el enorme cuerpo con mas detenimiento, presentaba orificios de varios calibres lo que me dio pie a comentar con la armada invencible su colaboración muy de agradecer y que colaboró a reducir el pisteo. Al mismo tiempo comprobé que mi oído izquierdo me pitaba terriblemente lo que corroboraba la intervención.

 

El “cámara” no había perdido detalle, sin parar, andando, casi siempre corriendo y a veces saltando por encima de las ramas que le cortaban el paso para llegar a tiempo al lance. Hubo abrazos y parabienes y pronto los pisteros y el profesional fueron  a por el coche, que recordábamos no estaba demasiado lejos. Mientras regresaban nos dedicamos a descansar y a confeccionar pulseras con tiras de piel del rabo que ya habíamos cortado en reconocimiento del éxito conseguido. Estas actividades que tienen mucho de cirugía y tradición africana, nos hicieron la espera mas corta, pues aunque el coche no estaba lejos, la llegada hasta el lugar de autos se hizo penosa. Al cabo de un rato se empezó a oír el motor que las ganas de beber nos lo hacían más cercano y por fin apareció precedido de los dos pisteros que, encorvados sobre el terreno, iban desbrozando de impedimentos armados de machetes y hachas hasta llegar a nosotros. Todo este trabajo para hacer un brindis con cervezas frías de las neveritas portátiles. ¡Todo un lujo¡ Una dedicación llena de detalles para hacer agradable y menos penosa la dureza de esta caza que, en mi criterio, el máximo peligro que presenta es el de morir de cansancio. Un brindis por nosotros y otro por el elefante que yace en el suelo inerme y conquistado, trasmitiéndonos un ligero sentimiento de culpabilidad y casi nos arrepentimos de haberle reducido a un montón de carne inmóvil y envuelta en su áspera piel capaz de mellar los mas finos aceros como si se tratara de cortar la pura roca. Con unas Castel en las manos todo el sacrificio se va diluyendo y los comentarios se vuelven jocosos y se montan entrevistas y declaraciones con la mirada puesta en el objetivo de la cámara, como si de la Duquesa de Alba se tratara hablando de los ligues y novias de sus hijos. No dejes de recordar a tu mujer, se oyó decir detrás de la cámara, que te permite venir hasta aquí, quejándose bastante poco y  encontrando la advertencia ajustada a razón, hago alusión con un punto de añoranza y agradecimiento.

 

Agotados al atardecerDe vuelta al campamento, esa tarde nos tomamos vacaciones, o mejor dicho, nos confabulamos para hacer “novillos” como colegiales traviesos. Habíamos hecho los deberes y nos teníamos bien ganada una tarde de relax. Un descanso con regusto a triunfo, pensando que aún nos queda un día entero de caza. Teléfonos móviles que no tienen cobertura. Tarjetas que no son válidas por incompatibilidad con los operadores locales y a todo esto uno solo de los tres, el de José Maria, funcionaba correctamente. Estábamos lindando con Bostwana y había dos teóricas coberturas, pero ninguna de ellas era suficiente para hacer funcionar nuestros teléfonos. Mi amigo José Maria cubrió con el suyo las necesidades de los demás, gracias a lo cual conseguíamos estar en contacto con el mundo civilizado. El había decidido no desenfundar su rifle en los cuatro días de Zimbabwe, pero sin embargo tuvo el teléfono a nuestra disposición. Otro lujo, poder disfrutar de una compañía así,

 

Salimos el cuarto día con la sana intención de tirar un segundo elefante que no se nos dio a ver y anduvimos disfrutando de paisajes y fauna  hasta dar con una pista clara a la que entramos con convencimiento y decisión. Era una pista completa y esperanzadora pues estaba acompañada de excrementos frescos y olor inconfundible que la brisa a nuestro favor nos traía. Después de media hora desistimos y agrupando la comitiva, tomamos resuello y comentamos que estando tan cerca del límite de la reserva, los elefantes nos habrían chasqueado metiéndose en ella. De pronto Chema nos advirtió por señas de la proximidad de un grupo de elefantes. Descolgamos los rifles, quitamos los seguros y observamos con asombro que nuestros comentarios habían sido oídos por los elefantes que se encontraban a menos de veinte metros. Pero no era del todo cierto, el viento nos favorecía, los chasquidos de las ramas de Mopani habían amortiguado nuestras palabras y además.... ¡Eran hembras¡. Una lástima no poder aprovechar aquel lance fortuito.

 

En un último intento volvimos al otero desde donde, el segundo día de caza, habíamos visto aquella abundancia de elefantes. No se veía ninguno, sin embargo aprovechamos el lugar para tomarnos un descanso y una cerveza con unos sandwiches. Recorrimos el enclave de aquella colina que había estado habitada por un colono, probablemente a principios del siglo XX. Las ruinas no presentaban signos de violencia reciente, sino más bien abandono y saqueo posterior para aprovechar los materiales en otras construcciones. Lo que había sido vivienda mostraba su distribución a escala natural y denotaba un acomodo más que regular, con varias estancias amplias y una construcción de muros de ladrillo de cierta solidez. Las instalaciones exteriores debieron ser muy completas dotadas de granja y huerta. Zonas aterrazadas con mesas de piedra desde donde poder contemplar el inmenso paisaje de la sabana y disfrutar de los atardeceres de los que Africa regala todos los días a los que se detienen a contemplarlos. Sorprendía pensar en la vida que los habitantes de aquel enclave privilegiado llevarían tan lejos del supermercado y envidiábamos su valentía.

 

Cuanto apena dar por terminada una CAZA tan auténtica, tan pura y, una vez superada, tan arriesgada. Una CAZA tan bien urdida y tan llena de detalles de técnica venatoria por parte de un profesional como pocos he conocido, atento, educado y sonriente, que disfruta haciéndote disfrutar. Para él un recuerdo sincero lleno de reconocimiento y agradecimiento. A los futuros  cazadores que se arriesguen en Matetsi les recomiendo: se llama Darren Ellerman. Si dais con él y el equipo de Círculo de Cazadores, tener por seguro desde el primer día que vuestra caza está asegurada. Que diferencia con la cacería que estás deseando acabar porque resulta agria e incómoda, desamparada y escasa. Ponerse en las manos adecuadas es importante y si esas manos están a mano, miel sobre hojuelas. Intentar cazar sin apoyos es estéril y descorazonador y puede derivar en el aborrecimiento de la afición, por muy arraigada que esté.

 

Último día en Africa en uno de los enclaves más maravillosos del continente: Victoria Falls, gran hotel, cena espectáculo en el Boma, visita al mercado negro y antes de marchar al aeropuerto paseo por las cataratas. De todo ello nos queda un regusto que lamentamos se vaya disipando con el tiempo, pero ... siempre nos queda la esperanza de repetir.

 

Andrés Pérez-Sierra

Noviembre 2009

 
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